jueves, 22 de diciembre de 2011

Una lucecita que llevar a través de la noche y la tormenta

Un artículo de Wolfgang Giegerich escrito en el 2004, sobre la situación actual de la psicología junguiana. Traducción de Enrique Eskenazi.

El siglo de la psicología ha terminado. Se han estrellado las grandes expectativas a las que dio origen la emergencia de la psicología, en particular la psicología profunda o terapéutica, al comienzo del siglo XX. Incluso el psicoanálisis freudiano se enfrenta hoy con un espíritu hostil en el pensamiento predominante. Para la psicología en la tradición de C. G. Jung la situación es, por un lado, un poco más fácil, pero por el otro mucho más difícil. Es más fácil porque en su mayor parte opera a sotavento de otras psicologías, siendo apenas advertida; es más difícil, porque su sustancia más íntima se ve amenazada fundamentalmente. Esta amenaza viene de diferentes direcciones.

Ya es inherente, en primer lugar, en el modo mismo en que está construida la psicología junguiana, en tanto que la pretensión de Jung de que su psicología tuviera el estatus de una ciencia estrictamente empírica se ha demostrado insostenible, y en tanto ha fracasado su esperanza de que la psicología pudiera ofrecer una respuesta al problema psicológico-espiritual de la era, tal como nos vemos ahora obligados a comprender (W. Giegerich, “The End of Meaning and the Birth of Man”,' Journal of Jungian Theory and Practice, Vol. 6, No. 1, 2004)

En segundo lugar, la amenaza a la sustancia de la psicología junguiana viene también de los seguidores y amigos de esa psicología, por una parte los junguianos profesionales en cuyas manos se ha transformado en algo completamente distinto de lo que Jung pretendía con su “psicología compleja”, como ha demostrado sobre todo Sonu Shamdasani (Jung and the Making of Modern Psychology. The Dream of a Science, Cambridge University Press, 2003). Nadie probablemente querrá admitir que aquello contra lo que Jung luchó vive aún entre ellos y ha sido fructíferamente desarrollado. Aún hoy se tendría que estar de acuerdo con Hillman cuando afirmó años atrás que los junguianos “son en su mayoría gente de segunda categoría con mentes de tercera categoría” (Hillman, Inter Views, New York [Harper & Row] 1983, p. 36). La psicología junguiana tiene la desgracia de no haber sido capaz de atraer grandes mentes, en contraste por ejemplo con la psicología de Freud, que produjo un psicólogo de la talla de Lacan y sirvió de inspiración a muchos pensadores y poetas. Por otra parte, la amenaza viene también de los seguidores de la psicología junguiana entre el gran público, entre los cuales la obra de Jung ha degenerado en una “psicología pop”, en otras palabras: en un bien de consumo, que ante todo tiene la función de satisfacer las necesidades privadas emocionales e ideológico-espirituales, y compensar así un sentimiento de vacío.

En tercer lugar, la amenaza más reciente proviene del exterior, del espíritu de la época que con tremendo poder impregna el clima político, y de hecho incluso afecta las regulaciones legislativas y administrativas. La psicología profunda, que actualmente tendría la tarea de ser de algún modo “subversiva” respecto a las tendencias colectivas predominantes, ha sido entretanto tomada bajo las alas del estado, controlada y por tanto “embolsada” por él. Si bien el estado enfoca legítimamente lo que tiene que regular desde puntos de vista puramente externos, en el caso de la psicología, entendida como la disciplina de la interioridad, tal tratamiento desde una perspectiva externa es fatal. Y más fatal aún cuando hoy se ha endurecido y se ha radicalizado mucho más este modo exterior de ver las cosas: un enfoque abstracto, completamente utilitario, cientificista, tecnicista y cuantificador. Lo que hoy se quiere esencialmente es normalización (conformidad forzada, es decir, Gleichschaltung) y control. El supremo principio rector es el de la distribución del dinero disponible. Unas cuantas palabras clave para esta tendencia poderosa son: certificación de prácticas, administración cualitativa, procedimientos de tratamiento normalizados obligatorios para enfermedades específicas, eficiencia, evaluación, medicina basada en pruebas, ICD-10, provisión de asistencia sanitaria para la población. Este es un aspecto. El otro es que la actitud predominante basa su toda su esperanza en factores biológicos, en la fisiología del cerebro, en la genética, la terapia conductista, pero excluye la mente, el alma, la hermenéutica.

En esta situación la psicología junguiana, en tanto que psicología “con alma”, se encuentra en una posición semejante a la que se encontraba el ego del sueño en el siguiente sueño de Jung: “Era de noche en un lugar desconocido, y avanzaba dolorosa y lentamente en contra de un fuerte vendaval […] Tenía mis manos en forma de copa alrededor de una lucecita que amenazaba con apagarse a cada momento. Todo dependía de que pudiera mantener viva esta lucecita […]” (Recuerdos, sueños y pensamientos)

Pero ¿qué es esa sustancia que queda de hecho de nuestra herencia junguiana y que necesita hoy ser llevada a través de la noche y la tormenta como una pequeña luz? Aparte de numerosas intuiciones individuales, es un tesoro doble, algo que contiene una tensión entre sus dos aspectos dentro de sí mismo: el don que Jung nos hizo de un concepto de “alma” y de un concepto de “individualidad”.
Después de la muerte de Jung, Karl Kerényi escribió: “Si ahora, reconsiderando el fenómeno C. G. Jung, pusiera en palabras lo más característico suyo, también sobre la base de contactos personales durante los últimos veinte años, entonces es tomar el alma como real. Para ningún psicólogo de nuestro tiempo la psique poseía tal concreción e importancia como para él” (K., Kerenyi, Wege und Weggenossen, vol. 2, München [Langen Müller] 1988, p., 346, mi traducción).

Aquí el punto decisivo es qué quiere decirse por “alma”. Un comentario marginal sobre este pasaje por el mismo Kerényi lo deja claro. Citando frases de una carta suya a C. J. Burckhardt del 18 de diciembre de 1961, afirma: “Jung me escribió [...] citando a un alquimista, 'maior autem animae [pars] extra corpus est' y realmente lo significaba. Se destaca como el único entre sus colegas -al menos no encontrado otro entre los psicólogos no practicante de una religión- que creía firmemente en la existencia del alma” (ibid., p. 487, mi traducción). La mayor parte del alma está fuera del cuerpo. Con esta tesis Jung rompe con el prejuicio antropológico, biologista, personalista, que predomina en la psicología de hoy como un hecho dado por supuesto y sin la menor reflexión crítica. El hombre “está en el alma”, y no al revés. “El alma”es un Universal real, y un Universal concreto además. Ahora se abre la puerta para la visión de que es la vida lógica, el spiritus rector de la relación del hombre con el mundo.

Esto implica dos importantes aspectos adicionales, a saber la captación del carácter esencialmente histórico del “alma” y del hecho de que no sólo se preocupa por la funcionalidad y los mecanismos (reacciones, procesamiento de experiencias, el aparato psíquico), sino también por contenidos sustanciales o significados -un hecho que por supuesto está en la mayor oposición al presupuesto nihilista de probablemente todas las otras psicologías. Por encima de todo, este concepto de alma significa que se ha comprendido que el tema de la psicología no puede positivizarse, sino que es lógicamente negativo.

Podría parecer paradójico, aunque en verdad es consistente, que precisamente por tener un concepto de “alma” como un Universal real y como algo que no puede positivizarse, Jung puede tener un conocimiento real de la verdadera individualidad en su singularidad y unicidad. Ambos lados (el Universal y el individual) son interdependientes, puesto que ambos están al margen de la abstracción predominante, para la cual incluso lo individual está subsumido en un Universal abstracto (en un diagnóstico, una teoría, una definición, una “historia de casos”, una estadística, una técnica a serle aplicada, o meramente bajo el concepto universal abstracto “individuo”), para la cual sin embargo no ha de ser un individuum ineffabile y no debe ser apercibido como tal. Porque si fuera visto como tal, se escaparía del campo de concentración (actualmente sublimado) de un pensamiento en términos de control, que rige sobre toda la lógica de nuestra era. Pero ésto es precisamente lo que nos exige el enfoque junguiano en la terapia: encontrar a cada persona, y de hecho a cada momento, en su singularidad; en otras palabras, fuera de ese campo de concentración: soltarnos -sin redes lógicas de seguridad- en la frescura y novedad de cada momento presente y en la subjetividad atómica de nosotros mismos- a fin de descubrir en ello, sólo en ello, nuestra verdadera humanidad universal.

© Wolfgang Giegerich 2004.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La falacia ego-psicológica: una nota sobre "el nacimiento del significado a partir del símbolo"

Un artículo de Wolfgang Giegerich. Publicado en: Journal of Junguian Theory and Practice Vol. 7 No. 2 2005. Traducción de Alejandro Bica y corrección de Enrique Eskenazi.

Wolfgang Giegerich
En su artículo "El símbolo místico: algunos comentarios sobre Ankori, Giegerich, Scholem, y Jung" publicado en esta revista (Journal of Junguian Theory and Practice, vol. 7, no. 1, 2005, págs. 25-29), Sanford Drob argumenta—apoyado por Micha Ankori en su "Rejoinder . . . " en el mismo número (pág. 31)—que "tanto el entendimiento de Scholem del símbolo como de la idea kabalística de la infinita interpretabilidad plantean desafíos significativos a la declaración de Giegerich sobre ‘el final del significado’". De ningún modo éste es el caso. Él sólo puede pensar así porque no ve mi argumento; lo que ve y critica es una visión que inadvertidamente está poniendo en lugar de mi afirmación. La tesis en mi artículo "El final del significado" no se ve cuestionada de ninguna manera por las ideas de que "el símbolo es sui generis" y que está abierto a "un conjunto indefinido, cuando no infinito de interpretaciones". No tengo ningún problema con estas ideas. (1) Jung también es víctima del mismo malentendido. Hace que Drob vea una oposición o un conflicto entre ciertas afirmaciones de Jung donde en realidad no hay ningún conflicto, porque las afirmaciones a las que se refiere son totalmente compatibles. Así, después de citar la idea de Jung acerca del símbolo en Tipos Psicológicos, de que "una vez que su significado ha nacido fuera de él ... (el símbolo) está muerto, es decir, sólo posee significación histórica", Drob afirma, "Jung, empero, no fue consistente. Por ejemplo, luego afirma que ‘ninguna formulación intelectual se acerca de algún modo a la riqueza y expresividad de la imaginería mítica.’" Las dos afirmaciones de Jung son compatibles porque son respuestas a dos cuestiones diferentes y por esta razón ninguna interfiere con la otra. Drob parece confundir estos dos temas distintos.

¿Cuáles son estas dos cuestiones? Respecto a la primera comenzaré con la frase de Drob "Si bien es verdad que algunos símbolos, por alguna razón, dejan de sugerir posibilidades interpretativas, y por lo tanto ‘mueren’ ..." e indicaré que Drob no discute completamente la idea de la muerte de los símbolos, sino que no tiene explicación que ofrecer de por qué y cómo es posible la muerte de los símbolos, y ni siquiera considera que esta cuestión sea merecedora de atención. ¿Cómo puede ser que un símbolo que ha fascinado a la gente durante siglos pierda de repente su poder sobre sus psiques? Es precisamente a esta cuestión a la que responde Jung en Tipos Psicológicos con su teoría del nacimiento del significado a partir del símbolo, en contraste con el símbolo que aún está preñado de significado. Esta es una cuestión que tiene que ver con la historia y la fenomenología de la vida del alma en la realidad empírica.

Cuando Jung, por el contrario, dice que "ninguna formulación intelectual se acerca de algún modo a la riqueza y expresividad de la imaginería mítica", está preocupado por una cuestión totalmente diferente, es decir, la de qué sea un símbolo (cuando y en tanto aún está vivo), una cuestión acerca de su dignidad particular, de su esencia y naturaleza especial, en contraste sobre todo, con el "signo" y la "alegoría". Esta es una cuestión lógica, una cuestión de definición. Cualquiera puede ver que esta visión de la riqueza y la expresividad (y es seguro agregar: in-finita) (2) de la imaginería mítica fácilmente puede insertarse en el otro enunciado, donde entonces elucidaría el enunciado "el símbolo aún preñado de significado". La teoría de la muerte de un símbolo y de su significación meramente histórica presupone precisamente esta visión (supuestamente tardía y "no consistente") de la riqueza del símbolo. El símbolo sólo puede perder su riqueza y expresividad si la poseía previamente.

He dicho que cualquiera podía verlo. ¿Pero entonces por qué Drob no lo ve? Me parece que la razón es que reemplaza subrepticiamente la visión de Jung (y la mía) del nacimiento del significado a partir del símbolo por otra visión, del todo incompatible, la cual puede verse más claramente en su frase "la posibilidad, o incluso la necesidad de proporcionarles [a los símbolos] traducciones racionales e interpretaciones". Drob afirma que "para Giegerich, con el nacimiento del significado a partir del símbolo el símbolo finalmente ha sido entendido", lo cual de algún modo está respaldado por alguna formulación en mi ensayo (en el cual he intentado interpretar los comentarios de Jung en lugar de hablar por mi cuenta), pero esto es un malentendido fundamental de mi argumento, puesto que con "entendido" él se refiere a nuestro entendimiento, a nuestras interpretaciones, mientras que en el contexto de la idea de preñez-nacimiento es el significado mismo el que ha revelado su secreto, él se ha abierto como un capullo. Sin embargo no ‘ahí fuera’, como algo que ha de ser contemplado, sino por haberse impuesto inadvertidamente a la consciencia, por haber revolucionado y haber vuelto objetivamente a casa a la forma lógica de la consciencia. Por lo tanto, el símbolo no ha sido entendido finalmente (por nosotros, en el sentido personalista), sino que ¡su significado ha nacido a partir de él! Una diferencia significativa que se merece unos pocos comentarios.

He trabajado con la metáfora de Jung de preñez y nacimiento. Drob en cambio opera con los conceptos de interpretación y traducción. La diferencia entre estas dos posiciones es crucial. ¿Cuál es la diferencia, o mejor aún, la oposición entre ellas? Tenemos que discernir varios aspectos.

1) La oposición preñez-nacimiento es una metáfora tomada de las condiciones o de los acontecimientos naturales. Por el contrario, las ideas de "interpretación" o "traducción" están tomadas en su sentido literal y pueden tomarse de este modo porque ya desde el principio se refieren a acontecimientos mentales. Implican el hiato sujeto-objeto. El símbolo es el objeto; la interpretación dada es un acontecimiento en el sujeto, en la mente de la ego-personalidad. Esta escisión no tiene ningún rol en la imagen preñez-nacimiento. El nacimiento metafórico del significado del cual el símbolo estaba preñado es el auto-movimiento natural (en un cierto sentido de la palabra), espontáneo, del significado (arriba empleé la imagen de un capullo que se abre hasta dar una flor). El acontecimiento que aquí ocurre toma lugar sólo en el lado del "objeto". Aquí no entra el sujeto con sus ideas y enunciados. Tenemos que adherirnos a la imagen. Un bebé que ha nacido claramente no es nada como una "interpretación" humana de lo que se supone que estaba oculto en el vientre de la madre. No, es en sí mismo el embrión oculto que ahora, sin embargo, ha salido de su estado de ocultamiento.

2) Con la preñez y el nacimiento estamos hablando de un cambio de estatus o condición de una y la misma entidad, sustancia o materia. "Nacimiento" es la descripción metafórica de una transición que puede observarse, de la misma manera que el alquimista observaba el cambio de la materia en su retorta, por ejemplo el paso de la negrura a la blancura.

Las ideas de una traducción y de una interpretación, por el contrario, operan con una dualidad, con dos entidades separadas. Mientras que el embrión ha desaparecido (la "muerte" del símbolo) una vez que ha nacido el bebé, precisamente porque se ha transformado y vive en el bebé ya nacido, una traducción en cambio, es un producto nuevo, adicional, que deja intacto detrás de sí el original del cual es traducción. De manera semejante, una interpretación es una realidad nueva en adición a eso que ha sido interpretado. Ahora tenemos dos cosas, el "texto" original y su traducción/interpretación, ambos divididos por una brecha ontológica.

3) El par de conceptos nacido-no nacido distingue entre estatus o condiciones de un asunto. En el caso de tesis-interpretación, esta distinción es reemplazada por otra, la oposición "real" (el texto como un hecho) en contra de la "ideal" (la interpretación como un punto de vista, una opinión), en otras palabras, una oposición entre dos reinos ontológicos. Puesto que la diferencia es ontológica, no puede haber una transición del uno al otro. Están frente a frente, divididos por un hiato fundamental.

4) Drob habla de dotar a los símbolos con traducciones e interpretaciones racionales. Esta forma de expresión, lo admito, es completamente adecuada para su tesis de la "interpretación". Nosotros le proporcionamos algo al símbolo ya existente; la interpretación tiene su origen en nosotros, en la mente subjetiva; es producida por nosotros (bajo nuestra propia responsabilidad). Es una especie de tesis, de hipótesis, que suministramos o que ‘ponemos debajo’ (hypo-) del símbolo. Esto muestra que con su tesis de la "interpretación" acerca del "nacimiento del significado" Drob ve claramente esta idea desde una perspectiva del ego. "Significado" (en este contexto), en la medida en que se lo ve de esta manera, evoca inmediatamente la concepción de que nosotros asignamos nuestras explicaciones, nuestras opiniones al símbolo. Todo es actividad nuestra, pensamiento nuestro. Nosotros tratamos de dar sentido a un símbolo, nosotros tratamos de figurárnoslo.

La idea del nacimiento del significado, entendida en sus propios términos, es completamente diferente. Aquí hablamos de un acontecimiento que es el hacer mismo del significado previamente no nacido, su desarrollo ulterior, su salida a la luz. Ahora "significado" no tiene absolutamente nada que ver con la interpretación proporcionada por la mente subjetiva. La imagen del nacimiento indica que esta teoría es desde el punto de vista de la "psicología objetiva". Lo que nosotros pensemos o sintamos acerca de un símbolo, las interpretaciones o traducciones que nosotros le proporcionemos, todo este material del ego, es irrelevante para una psicología objetiva. Aquí "significado" es una realidad en su propio derecho. Es algo (incluso me veo tentado a decir: "substancialmente") real, aunque por supuesto psicológicamente y no físicamente real (no es cosa de la naturaleza, sino una realidad mental, una realidad intelectual, una realidad del alma, una materia en el sentido psico-alquímico), al igual que en nuestra metáfora el niño que nace es algo real y no una opinión o explicación subjetiva acerca de la madre (o del embrión). Jung hablaba acerca del significado del propio símbolo, del significado como el cual éste existe. Cómo deba entenderse e interpretarse por nosotros este significado real, existente, es una cuestión totalmente diferente que seguramente también es interesante, pero no entra para nada en la cuestión a la que responde Jung en su teoría del "nacimiento del significado a partir del símbolo" ni en el argumento de mi artículo "El final del significado".

Encuentro deplorable y sorprendente que más de medio siglo después de la inauguración por parte de Jung de una psicología objetiva haya estudiosos serios de Jung que no puedan llegar a entender este punto crucial—haciendo inútil, por así decirlo, todo el esfuerzo del Jung ulterior, alquímico. Es un error psicológicamente fatal confundir el concepto psicológico del "significado" (del símbolo) con "significado" en el sentido de "traducciones e interpretaciones racionales" del símbolo, una recaída en la psicología personalista o ego-psicología. Uno sólo puede exclamar con Jung, "Vea usted, siempre es el mismo asunto: el completo malentendido del argumento psicológico" (Cartas, vol. 2, p. 572, a Robert C. Smith, 29 de junio de 1960, cursiva en el original). (3)

Tal vez Drob siente que al mostrarse dispuesto a "reconocer que tales interpretaciones representan lo que podría llamarse una maduración o un desarrollo . . . de la consciencia humana" comparte en parte mi enfoque. Pero no es así. Yo no suscribo en absoluto esta afirmación. Para mí, las "interpretaciones discursivas, racionales" son material del ego y no tienen importancia para la maduración o el desarrollo de la consciencia humana y carecen de interés para una "psicología objetiva". La psicología no es acerca de la gente y de lo que ellos piensan o sienten. Es acerca "del alma" (y lo que ella piensa o siente), acerca de la psique objetiva, acerca de la consciencia humana. Por supuesto, como cualquier educación, formación académica, lectura privada y pensamiento, aquellas interpretaciones pueden ser importantes para el desarrollo personal de la gente, para la maduración y expansión de la mente subjetiva. Pero por lo que respecta a la historia de la "consciencia humana" no tienen la menor influencia.

Podemos recordar aquí la idea de "la metamorfosis de los dioses", mencionada con frecuencia por Jung y tomada de Leopold Ziegler. Por ejemplo, Jung escribió que (en la antigüedad) "muchos de los dioses antiguos, a partir de ‘personas’ se desarrollaron en ideas personificadas, y finalmente en ideas abstractas" (CW 13, parágrafo 49). Cuando esto ocurrió, es decir, cuando lo que antes habían sido dioses, o más precisamente: cuando la forma lógica de "dios" para los contenidos respectivos se había vuelto psicológicamente obsoleta, súbitamente surgieron todo tipo de interpretaciones y explicaciones racionales de los dioses anteriores y de los mitos—tan sólo consultar aquellos de Evémero. Pero debemos darnos cuenta de que aquellas interpretaciones no eran precisamente la forma en que tomó lugar el nacimiento del significado a partir de los símbolos de dios. Más bien eran modos inconsecuentes, libremente flotantes, en los que una ego-consciencia ahora desconectada intentaba dar sentido a estos "símbolos" ahora muertos y psicológicamente ajenos, que ciertamente persistían, pero sólo como elementos erráticos, ya no más entendidos como elementos de la memoria histórica.

Psicológicamente es irrelevante, en términos de la historia del alma, toda la especulación intelectual y la teorización acerca de los dioses, meramente es opinión de la gente, y no realidades psíquicas. Son contenidos semánticos de la consciencia subjetiva y como tales usan, y por lo tanto confirman, la constitución objetiva predominante de la consciencia, del mismo modo que los muebles y los cuadros que se colocan dentro de una casa no afectan de ninguna manera la estructura misma de la casa. El alma o la consciencia es la casa, el ego o la ego-consciencia es el inquilino que amuebla sus habitaciones (privadas) en la casa con sus enfoques e interpretaciones de acuerdo a sus gustos y necesidades personales. La única relevancia psicológica (en contraste con la del ego, privada, personal) que tienen las especulaciones intelectuales y las interpretaciones, es que, como síntomas de la obsolescencia (psicológica) de aquello sobre lo que versan, muestran esa misma obsolescencia. Siempre que se siente la necesidad de explicar e interpretar, sabemos que aquello que ha de interpretarse ha perdido su significado para el alma y que ahora se ha vuelto presa de caza para el ego separado, el cual practica su reflexión exterior y teorización sobre ello, como sobre las reliquias de los contenidos particulares de una forma de consciencia pasada.

Nuestro resultado hasta ahora es que las interpretaciones racionales per se no representan una maduración o un desarrollo de la consciencia humana. Pero inversamente, también sería equivocado suponer que un verdadero desarrollo de la consciencia va acompañado de interpretaciones discursivas o de un mayor entendimiento subjetivo. Ya he rechazado la idea de que "con el nacimiento del significado a partir del símbolo, el símbolo es finalmente comprendido" (en el sentido del ego de comprender). El nacimiento del significado no resulta en interpretaciones, es decir, en contenidos semánticos. Uno no conoce más ni mejor. Uno (en tanto que mente consciente individual, ego consciencia) no es más consciente, ni se da más cuenta. Más bien, el nacimiento del significado resulta en una iniciación de la consciencia, es decir, en una revolución de la forma o estatus lógico de la consciencia, de modo que la consciencia se vuelve "esotérica" en el sentido especial de Jung, una consciencia que ha integrado el significado del símbolo en su forma lógica, pero que ipso facto permanece ignorante ante lo que ahora, mirando desde fuera, en reflexión externa, a lo que anteriormente alojaba aquel significado y eran por lo tanto símbolos vivientes, aparecen como cáscaras vacías (ahora "signos convencionales"—Jung). No los rechaza simplemente, probablemente sentirá la necesidad de encontrar un sentido en ellos sobre la base del nuevo estatus de consciencia recién adquirido.

Si los cabalistas tenían la teoría de la "infinita interpretabilidad" de los símbolos místicos, aquellos símbolos tenían ya que haber sido para ellos una cosa del pasado, porque los símbolos vivientes no necesitan interpretación: ellos son su significado. La consciencia de los cabalistas ya tenía que haber sido esotérica en el sentido de Jung, una consciencia que desde un punto de vista exterior, teórico, reflexionaba acerca del significado (aquí = interpretaciones) de los llamados símbolos místicos (de hecho: signos). Una consciencia exotérica no reflexiona desde afuera sobre el significado de los símbolos; se encuentra cautivada bajo el conjuro inmediato de su presencia y de su verdad.

Así, lo que ocurría cuando tomaba lugar un desarrollo de la consciencia es que la consciencia misma había sido transportada objetivamente a un nuevo nivel o estatus lógico, a un estatus en el cual básicamente se repite y continúa el mismo juego de antes entre inconsciencia y consciencia, ignorancia y conocimiento, aunque ahora en formas nuevas y diversas y con respecto a aspectos diferentes. (4) El desarrollo de la consciencia es un cambio de forma, un cambio lógico o "alquímico", no es un incremento lineal de consciencia subjetiva, no es una expansión cuantitativa de consciencia personal. De hecho, cada nivel superior (o más profundo) de consciencia comienza con una mayor inconsciencia y primitividad que la que se había alcanzado en la fase final desarrollada del estatus previo de consciencia.

Para explicar esto volviendo a la metáfora del nacimiento: con la transición del embrión al bebé, no se ha perdido ni se ha disminuido el enigma previo. ¿Es acaso el bebé—como persona en potencia, mente y alma—menos enigmático que el embrión? Por supuesto que no. El hecho de que el bebé ahora esté afuera y en lo abierto ante los ojos de cualquiera no resuelve el misterio de su naturaleza ni de su ser. Y en el momento en que no confundimos el significado objetivo de un símbolo con nuestra(s) interpretación(es) del símbolo, sino que comprendemos el significado como algo real, la idea del significado en el singular que ha nacido a partir de un símbolo no estrecha el símbolo a un único "significado" literal (en el sentido de la interpretación), sino que está abierta a, y aún más que eso: insiste sobre la infinitud interior de este significado o misterio (real, existente), como el cual existen el bebé y el símbolo. El símbolo tiene su significado en el singular, así como un árbol tiene su naturaleza en el singular, no en el plural. La elección aquí parece ser entre la infinitud numérica y la infinitud interior. Pero para el psicólogo qua psicólogo la elección desde el comienzo está determinada por su profesión.

El nacimiento no es sinónimo de traducción racional ni de interpretación discursiva; esto no quiere decir que hayamos entendido intelectualmente "al bebé" o "al significado del símbolo", respectivamente. Es la consciencia objetiva la que ha "entendido". Subjetivamente, el significado que ha nacido es usualmente inconsciente, no entendido. Simplemente impera, rige, como un hecho "natural" (en el sentido psicológico). Como ya he señalado, el significado en este sentido psicológico se refiere a la realidad y no a una idea subjetiva "acerca de . . .". Nacimiento significa la salida a la luz del significado, su "albedo", si se me permite decirlo. Y así como el blanqueamiento en la alquimia sólo significa que la materia se ha vuelto blanca, y no que el alquimista le ha proporcionado una interpretación racional, así la salida a la luz del significado significa un cambio de estatus psicológico del mismo significado, en lugar de un entendimiento intelectual o egoico del mismo. En el artículo "El final del significado", donde a mi no me interesaba como le interesaba a Jung el destino de los símbolos individuales, sino el destino de la consciencia humana a gran escala, además de la metáfora del nacimiento usé la de la emergencia de las aguas, una emergencia que resulta en el estadio "Acuario" de consciencia. El "final del significado" es una transformación lógica, sintáctica, y se produce mediante la integración (y por lo tanto también la sublación/superación) de todo el estatus previo de consciencia en la estructura misma de la consciencia.

La interiorización de toda la constitución anterior de la consciencia es dialécticamente equivalente al salir a la superficie ("al nacimiento") de un nuevo potencial, hasta ahora oculto, y como tal irrealizado, que emerge por encima de su previa identidad (Self).

La noción de integración nos ayuda a ser un poco más precisos de lo que fue Jung cuando dijo, a grandes rasgos, que "muchos de los dioses antiguos, a partir de ‘personas’ se desarrollaron en ideas personificadas, y finalmente en ideas abstractas". El nacimiento del significado a partir de los dioses que expresa esta afirmación, no debiera entenderse como que cada dios individual se transformó uno a uno en una correspondiente idea particular abstracta. Más bien, el desarrollo de la consciencia significó que el estadio de la consciencia caracterizado por el hecho de que la verdad se le aparecía en la forma lógica de dioses (imágenes de dios), como seres personales o poderes, fue sublada/superada in toto e integrada en la constitución lógica de la consciencia, que ipso facto se había vuelto una consciencia post-imaginal, post-mitológica. Para esta consciencia recién constituida, la verdad tenía que presentarse bajo una forma nueva, la forma de "ideas abstractas" (por ejemplo, las formas platónicas). Lo que en el estadio previo eran contenidos semánticos de consciencia (imágenes, dioses), en el nuevo estadio imperaban invisiblemente sobre la consciencia como sus propias leyes internas o estructura, su sintaxis, dentro de la cual esta nueva consciencia reconocía ahora todos sus contenidos semánticos. La consciencia previa era relativamente inocente respecto a los dioses; tenía a los dioses fuera, ante sí misma, lo cual significa que la consciencia en su propia constitución aún estaba intocada y era ignorante de ellos. Pero la consciencia posterior ya no tenía la misma inocencia, por cuanto "los dioses" habían vuelto a casa a la consciencia misma y ésta ahora los tenía, en forma sublada/superada, destilada, dentro de sí misma como su propio estilo o sintaxis.

¿Por qué, como dije arriba, el significado nacido es normalmente inconsciente, no se entiende, no se ve? Porque su "nacimiento" significa que ya no es más un contenido de consciencia que pudiéramos tener ante nuestros ojos, sino que es la forma sintáctica en la que vemos o pensamos cualquier cosa que veamos o pensemos. Y en completo contraste con el nacimiento literal, biológico, que es un acontecimiento empírico, sentido conscientemente, el nacimiento del significado ocurre siempre detrás de las escenas, inadvertidamente. La consciencia de repente simplemente se encuentra en una situación totalmente nueva sin saber lo que ha pasado o incluso sin siquiera saber que ha pasado algo fundamental. Esto es así porque el significado, al haber nacido, no aparece en el escenario de la consciencia como una idea o una interpretación—en el plano semántico—, como el bebé que de hecho sí aparece en el mundo real como un ser visible. Más bien se "revela" él mismo, por así decirlo, contagiando directamente, socavando, y reconstituyendo la forma lógica de consciencia desde atrás y de un modo ya psicológico (sutil, evaporado, destilado), no de un modo psíquico (empírico-factual, experiencial, semántico). Es un proceso en la negatividad del alma, no en la positividad de lo que los ojos pueden ver.

La consciencia que construye el "nacimiento del significado" como el otorgar por nuestra parte interpretaciones a los símbolos arraiga en lo que llamamos "el ego". Quizás, porque, como tal, está condenada a pensar en abstracciones, capta (y posiblemente siente la necesidad de buscar) lo no-abstracto solamente desde fuera, ante sí misma, como sus contenidos semánticos: por ejemplo, como dioses míticos y símbolos místicos, como lo impensable e inefable. Esto también explicaría por qué quiere eternalizar los dioses y los símbolos en verdades intemporales, inmunizándolos del trabajo de evaporización y destilación histórica del alma, y por qué se complace (de ninguna manera en el verdadero misticismo, sino sólo) en reminiscencias de misticismos históricos, pero en cualquier caso en la forma de la inconsciencia—‘cerrando los ojos’ sistemáticamente (myo, de donde ‘misticismo’) a la verdad psicológica abiertamente desplegada de la época, una época que conoce a los símbolos y afines sólo como inequívocamente obsoletos: como bienes de consumo publicitados en un enorme "mercado del significado", como elementos de ideologías y fundamentalismos, como drogas para elevados sentimientos subjetivos o para adormecer la consciencia, como paliativos para (aparentemente) llenar el propio vacío sin fondo, en cualquier caso como componentes de la fase post-industrial, mediática (5) de la modernidad.

Es una consciencia que se enfoca y se aferra a las imágenes míticas o a los símbolos místicos como contenidos semánticos estables de la consciencia a fin de salvarse del peligro de tener que darse cuenta de la sintaxis predominante de la consciencia—otro ejemplo de "la huida al inconsciente". Porque ¿qué es la inconsciencia? El no ver el bosque por ver los árboles. (6)


Notas

1) En cambio, sí tendría problema con la visión de Scholem, citada por Drob, de que "el símbolo místico es una ventana hacia ‘una realidad oculta e inexpresable’". Esto obviamente es una afirmación metafísica o ideológica. Pero como tal tampoco puede plantear un desafío para una teoría psicológica.

2) Jung estaba familiarizado con las teorías de Goethe, Creuzer, Bachofen acerca del símbolo y estaba de acuerdo con ellos desde el principio. La infinita, y por tanto, en última instancia, indescriptible riqueza de significado de un símbolo no fue de ninguna manera una nueva adquisición por parte del viejo Jung en contraste con el Jung de Tipos Psicológicos.

3) El contexto en el que dijo esto y a lo que se refiere eran diferentes.

4) Para aquellos que encuentran sorprendente esta afirmación yo debería explicar que la consciencia es en si misma la unidad y la tensión de la inconsciencia y del darse cuenta consciente. No hay un "lo inconsciente" literal frente a la consciencia. "Lo inconsciente" es una hipóstasis ilegítima y una extrayección de uno de los momentos internos de la propia consciencia.

5) "Mediática": aquí un adjetivo para el sustantivo "los medios" (de comunicación), lo que significa algo así como ‘caracterizada por los medios'’.

6) Así uno puede tener una multitud de interpretaciones, explicaciones, traducciones racionales para todo tipo de fenómenos, un gran conocimiento, y muchas ideas, y sin embargo ser bastante inconsciente. Disponer de más interpretaciones o ver más árboles no hace por sí mismo más consciente.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Curso Arte Tarot: Un mapa del mundo imaginal

Introducción al curso Arte Tarot (Simbolismo psicológico). 
Un artículo de Sergi Ferré Balagué sobre las enseñanzas de Enrique Eskenazi


"Quien no está en condiciones de sentir no puede aprender de las experiencias"
La llave perdida. pag. 166. Alice Miller.

"El corazón tiene razones que la cabeza no entiende"
Blaise Pascal

"El arte es el lenguaje que habla al alma de las cosas"
Kandinsky

"¿Es el amor un arte? En tal caso, requiere conocimiento y esfuerzo"
El arte de amar, Erich Fromm

"El tema no es lo que queremos que sea verdad, el tema es lo que es verdad más allá de lo que queramos o no"
Enrique Eskenazi


El curso de Arte Tarot - Simbolismo psicológico analiza los símbolos de distintas épocas y culturas para profundizar en su comprensión, usando el tarot como hilo conductor. Como su nombre indica relaciona dos conceptos:

a) Arte como "manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros"(1).

b) Tarot como un juego, una manera de articular un proceso en marcha que a través de la representación en imágenes dialoga con los símbolos o arquetipos.

¿Qué es un símbolo?


"El símbolo no es un signo artificialmente construido; aflora espontáneamente en el alma para anunciar algo que no puede expresarse de otra forma, es la única expresión de lo simbolizado como realidad que se hace a sí misma transparente al alma, pero que en sí misma trasciende toda expresión" 
"Avicena y el relato visionario", p. 43, Henry Corbin

"Este Arte es el espejo en el cual los hombres inspirados se contemplan y alcanzan a ver su interioridad, a conocer su misterio, de este modo se hace visible lo invisible" 
Raimon Arola

Un signo se refiere unívocamente al objeto que reemplaza, explicando completamente su significado, como por ejemplo señales de tráfico o semáforos. Pero un símbolo en cambio son imágenes (representaciones planetarias, pinturas, poesías, circunstancias de la vida -sucesos sincrónicos para Carl Gustav Jung-...) que señalan a otro tipo de objeto que representan más allá de su inmediatez, mostrando un significado que no agotan en sí(2). Lo que aparece en un sueño no se puede explicar completamente de ninguna otra manera. No puede llegarse a la plena conciencia entre el símbolo y su significado por un acto puramente teórico. Ninguna explicación captará completamente el símbolo(3).

Un signo se puede describir en dos planos, que son verdadero y falso. En cambio un símbolo como podría ser una poesía o la tragedia de Edipo ¿es verdadero o falso? La palabra verdadero no se refiere aquí a un hecho que pasó o que ha existido, sino a que es significativo independientemente de que haya ocurrido nunca. La verdad y falsedad son propiedades del lenguaje. El símbolo no se adecua a ningún hecho porque no tiene valor informativo, va más allá del lenguaje de la verdad y falsedad. 

Por eso el Tarot no es una mera fuente de información (me casaré o no me casaré, encontraré trabajo...) sino que su objetivo es producir en el consultante un cambio de colocación. Es como un despertador, que no te da ninguna información pero te levanta.
Aunque no se dirige exclusivamente a la inteligencia sí la compromete, pero la capacidad intelectual no se basta a sí misma.

La palabra "símbolo" proviene de un verbo griego que significa "unir". Se refiere a dos mitades relacionadas que buscan reencontrarse, como el cielo con la tierra o lo infinito con lo particular. De esta manera podemos entender el símbolo como el reflejo de lo ininteligible en lo inteligible.


Tarot


"El tarot es un tema propenso a todo tipo de supersticiones, imaginaciones y fabulaciones. Hay un halo mítico totalmente falso y falaz de que estas cartas permiten adivinar el futuro y manejar tu vida. Eso es mentira (...) Vean los tarots televisivos y van a ver la representación de la persona histérica que fabula, y es una pena, porque se están acercando a algo que no tiene nada que ver con eso, aunque les podría ayudar si lo miraran seriamente"

"El tarot es uno de los muchos mapas de lo imaginario que describen el tejido de la imaginación"

Enrique Eskenazi. Curso de tarot (2003)

Imaginación

Libro de las maravillas de Marco Polo
Desde que existe el hombre existe en él el ámbito de lo imaginario, y de lo imaginario se desprenden las imágenes y los mitos.
No es lo que yo voluntariamente imagine, sino lo que cuando yo dejo de querer y de hacer fuerza para imaginar, cuando yo dejo de intentar hacer, sale espontáneamente al escenario.
Es muy difícil observar un trozo de fantasía sin interferir, porque requiere aprender a observar el proceso sin dejarse arrastrar pero también sin dirigirlo.
Lo consigues momentáneamente pero por breves momentos, porque enseguida la conciencia interviene como un hábito compulsivo.
Todo lo que yo hago (y me digo "no tengo que pensar en esto" o "tengo que pensar en lo otro") impide que se reconozca lo que se hace en mí.
Pero ¿qué se despierta en mí ante una imagen que me posee? Se anima un mundo que te habita, independientemente de que seas consciente o no, a pesar de que lo quieras o no.

Inconsciente colectivo

Hay causas muy personales que diferencian el proceso imaginativo entre los individuos, pero hay otros que son comunes a todos por el mero hecho de ser humanos. Sí que hay un desarrollo individual, así como nadie tiene las mismas huellas digitales, pero que sea único como ejemplar no implica que no esté sometido a las leyes de crecimiento comunes a la humanidad, a unos mismos modelos colectivos de desarrollo. Por ejemplo solo puedo vivir el tiempo promedio en que vive un ser humano. Estoy con mi individualidad dentro de la naturaleza humana.

En lo imaginario hay una imaginación que no es mía y sólo mía, sino que es la actividad imaginativa del alma humana, sobre la cuál se construye además mi individualidad.

El mapa del mundo anímico

El mundo de lo imaginario existe, pero poca gente ha sido consciente de este universo. Por ejemplo, antes de descubrirse América ésta no existía para la conciencia europea y esto no la hacía menos real.
De hecho no solemos adentramos en el terreno de lo imaginario más allá de los límites en los que está cercado lo cotidiano. Solamente el ratito de fantasía, el de ese recuerdo que pasa por nuestra mente, el sueño de por la noche y no mucho más.

Pero algunos, pocos, han entrado conscientemente en este terrreno y lo han explorado. Así como los exploradores de la Tierra han trazado rutas para que los demás luego podamos ir y volver, ellos también. Los grandes exploradores de la imaginación nos han traído mapas y caminos del mundo imaginal.

Estos son los mitos, captados por grandes artistas, que se dan en todas las sociedades. Aunque hay muchos distintos en las diversas culturas sin embargo sus estructuras son comunes. Aunque ésta sociedad lo explique de una manera y la otra lo nombre con distintas palabras en realidad hablan con diferente lenguaje de una misma estructura.

Hay muchas disciplinas que estudian lo imaginario (astrología, alquimia..) y el tarot es una de ellas. Me permite de un modo ordenado y progresivo hacer viajes en el ámbito imaginario, reconociendo las imágenes existentes.

El tránsito por lo imaginal

La imaginación tiene que ver con la imagen, el ánima, el alma, no el alma cristiana sino lo que nos anima, nos conmueve, lo que nos hace reír o llorar.

Canción sobre el mundo imaginal (4)
El alma tiene cordilleras, precipicios, valles, cascadas, ríos... El que yo no lo sepa no cambia nada, pero si lo sé puedo aprender a moverme en el ámbito anímico, no podré dirigirlo, porque no dirijo a una cordillera, pero conociéndola mejor puedo aprender a atravesarla y buscar el camino más adecuado. También en el ámbito de lo imaginario hay grandes abismos donde te puedes perder, aunque también senderos que si los conoces te permiten atravesar este sitio y acceder a aquel otro.

Por lo tanto lo que nos propone el tarot es poder explorar a través de los símbolos, reconocer lo que de todas maneras está, lo sepa yo o no.

Un mapa me puede llevar a un lugar que yo no sabia que existía y me muestra el camino. Pero no es lo mismo leer un libro sobre ese lugar o escuchar lo que los demás me cuentan, que realmente haber estado ahí. Es verdad que hay rutas, si tengo un mapa puedo llegar, pero no substituye nunca el hecho de hacer el camino.

La función de un mapa es que uno mismo pueda hacer el camino. Aunque yo puedo saber el mapa de memoria y no haber transitado nunca por esos paisajes. Con el tarot pasa lo mismo, puedo tener mucha información de lo que hay en cada carta pero no haber hecho el proceso, y el proceso hay que hacerlo, el proceso de ir reconociendo cómo estás imágenes aparecen en mi realidad cotidiana.

Los arquetipos

Las imágenes que habitan en nosotros inciden en la manera que tenemos de vivir. Por suerte estas imágenes han sido estudiadas y en un lenguaje actual las vamos a llamar arquetipos.
Los arquetipos son tendencias espontaneas a percibir las cosas desde un punto de vista no elegido, tendencias a actuar de una manera, a sentir de una manera y a representar de una manera. Son modos de reacción que no dependen de mi voluntad y que no son solo míos, ni están determinadas por ninguna sociedad ni ninguna educación, sino que son inherentes a la naturaleza humana.
Claro que yo como no lo sé pienso que esto es mío, pero en realidad esto no es mío sino que está en mí.

En el nombre del padre (Jim Sheridan)
Son situaciones por las que todo ser humano pasa, por ejemplo la de ser hijo/a. No hay ser humano que no sea hijo de. En la relación de ser hijo de, independientemente de quien te haga de padre o madre, en la estructura misma de esta relación se dan ciertas tendencias a actuar, a sentir, a esperar y a demandar más allá de la cualidad de tu padre o tu madre individual. 
La experiencia de ser padre o ser madre también es una experiencia colectiva. Claro que cada uno es el padre único que uno es, pero dentro de esta unicidad hay ciertos patrones comunes en la situación de ser padre de. Más allá de que te toque un hijo así o un hijo asá, por el hecho de ser padre se despierta en uno involuntariamente una manera de sentir, una manera de tomarse las cosas que no depende de querer o no querer. Que uno lo pueda expresar de una manera más consciente o refinada ya dependerá, pero esto seguro se despierta.

El cartero siempre llama dos veces
El amor como atracción sexual es otro ejemplo de una experiencia universal. Claro que cada persona cuando se enamora se cree que inventa el amor, pero en realidad estrena algo en su vida que no tiene tiempo, que es eterno, que es siempre igual. Incluso los que todavía no han nacido van a vivir eso mismo aunque no lo sepan. Claro que cuando lo vivan dirán "¡El amor empieza ahora!", pero lo que pasa en verdad es que ellos recién han llegado a ese estadio y que yo moriré pero el amor no morirá, porque el odio no muere, la ilusión no muere, el rencor no muere... Son el lote de cada ser humano, inclusive de todo animal y de cada ser ser de este planeta, que fíjate que poco tiene que ver conmigo una planta pero al fin y al cabo está hecha de la sustancia que yo.

La sustancia de la que estamos hechos no es sólo el nitrógeno, carbono y oxígeno, no estamos hechos sólo de moléculas atómicas (que es el mito de la ciencia), sino que también estamos hechos de la misma materia que están hechos los sueños. Estamos constituidos por lo imaginario, no solo por las circunstancias externas sino por un proceso, independiente de ti o de mí, que acaece en el mundo imaginario, el de la fantasía inconsciente.

La importancia de los símbolos

Por ejemplo, cuando El Emperador se despierta en mí me tomo la vida como un desafío. Cada vez que uno dice "me voy a poner las pilas" cree que es uno mismo el que dice eso. Pero no, es que se ha despertado en nosotros uno que hace que cuando mire las cosas lo haga como si fueran dificultades a vencer. Entonces cuando El Emperador se retira esa cosa ya no se me aparece más de esta manera y aparece alguna otra de las figuras del tarot, porque nunca es el vacío.

La carta del tarot, el arquetipo, la imagen que te habita, es quien mira a través de tus ojos. Tú crees que eres tú, pero tú percibes como percibes porque esta figura te está usando como retina.

Imagínate un dolor muy antiguo, tan antiguo que ya está olvidado y piensas que ya pasó y no hay que mirar para atrás. Uno se puede contar que proviene de que "eramos muy pequeños en casa, mi madre trabajaba como una burra, pasábamos escasez y mi padre se emborrachaba día tras día". Hay un gran dolor con el tema del padre, porque no estuvo, porque no nos cuidó ni se hizo cargo. Pero también hay una gran solidaridad con la madre, que ha sufrido, se ha sacrificado y ha tirado para adelante.
Por supuesto uno sigue y vive su vida y ya no piensa más en esto, pero ha quedado en mí esta rabia hacia aquel ser del que se esperaba una responsabilidad que no asumió.

Imagínate que yo ni me entero de que este odio está en mi. Sin embargo, cada vez que en mi vida aparece una imagen masculina que se escaquea y no se hace cargo yo de antemano siento hostilidad o pasión hacia ella, independientemente de quien sea la persona. Entonces puedo pensar que este individuo de entrada me cae mal o me turba, no sé porqué ¿Pero será por esta persona en particular? ¿O será que cada vez que aparece una persona que trae consigo alguna connotación de figura paterna aparece en mí aparece la rabia y el dolor, quiera yo o no?
En la medida en que esta emoción esté reconocida o negada conscientemente podré expresar el resentimiento o por el contrario me sentiré atraído por esta imagen que aparentemente promete la redención del pasado, pero que inevitablemente actualizará en mí el mismo sufrimiento de siempre.

Claro, que yo puedo no saberlo e ir confirmándome que todos los que ostentan el poder (arquetipo masculino) son una mierda porque en el fondo se rajan. Así lo que yo creo que está pasando afuera me va a pasar una y otra vez porque está en mi mirada, aunque yo no me dé cuenta de que está en mi mirada, y entonces para mí todos los hombres son así. Pero ¿y quiénes son todos los hombres? Cada vez que vuelve a aparecer uno se repite en mí el mismo proceso emocional. Ha llegado el momento de enfrentarte con aquel hombre que no es ninguno de ellos pero que media en todas tus relaciones con ellos. Esto es el arquetipo, el símbolo y la imagen.


 Curso Arte Tarot


 "El tarot pertenece a una tradición que de manera simplificada dice así: Nada salva, ni te va a salvar la fe ni el que creas o no creas en Dios. Puedes creer en Dios e irte al infierno, porque irte al infierno ya es vivir en el infierno en el que estás, y no vas a salir de ahí porque creas o no creas, ni tampoco por lo que hagas. Ni la fe, ni los sentimientos, ni los pensamientos, ni la voluntad por sí redime, libera, despierta. Lo único que vuelve al hombre en el mago que puede ser es la conciencia, el proceso de darse cuenta. Hasta que no te des cuenta puedes pensar lo que piensas, querer lo que quieras, sentir lo que sientas, que seguirás enganchado"

Enrique Eskenazi. Curso de tarot (2003).


El curso se iniciará el 3 de octubre del 2012 a las 19h con una clase abierta de una hora y media de duración en la que se presentará el curso, que prevé una duración de tres o seis meses dependiendo de los objetivos que en ese momento se decidan. En la charla se comentará con amplitud el presente articulo ilustrándolo con ejemplos.

Curso impartido por Sergi Ferré.

Imprescindible confirmar la asistencia a sergiferre75@gmail.com

La dirección del Centro Arte Tarot es C/ Samsó, nº8, bajos, en el barrio de Gracia (Barcelona).
Los metros más cercanos son Verdaguer (L5), Joanic (L4) y Diagonal (L3), aunque también se puede llegar fácilmente con el servicio de bicing o bus.

El curso puede ser seguido online ya que todas las clases serán registradas. Para obtener las claves de descarga ponerse en contacto por correo electrónico.

Notas:
(1) Diccionario de la lengua española. Real Academia Española.
(2) Carl Gustav Jung: "Me parece probable que la esencia propia del arquetipo es incapaz de conciencia, es decir, es trascendente, por ello la defino como psicoidea (semejante al alma)".
(3) Consultar el artículo de Jung: Acercamiento al inconsciente: La importancia de los sueños.
(4) La canción Turisme imaginal de Exóticopop fue compuesta como un homenaje a Enrique Eskenazi, quien aparece en el primer minuto dando una clase que justamente trata de la necesidad de romper con las expectativas, esto sería el mundo imaginado de lo deseado, para estar abierto ante lo que aparece sin más. Efectivamente en sus últimos años Enrique cuestionó la psicología imaginal de J. Hillman a través de la dialéctica desarrollada por W. Giegerich. Puedes descargarte el tema siguiendo este enlace.

Bibliografía:
Transcripción de varios cursos de Tarot por Enrique Eskenazi (1999-2006).
Eskenazi, Enrique. Tarot, el arte de adivinar. 1978. Ed. Obelisco. Barcelona.
Ferré Balagué, Sergi. Historia del tarot. 2011. Arte Tarot.
Ferré Balagué, Sergi. El Tarot en el siglo XXI. 2011. Arte Tarot.
Jung, Carl Gustav. El hombre y sus símbolos. 1964. Ed. Caralt. BCN.
Jung, Carl Gustav. Los complejos y el inconsciente. 1969. Alianza Editorial.
Nichols, Sallie. Jung y el Tarot. 1980. Editorial Kairós.
Schneider Adams, Laurie. Arte y psicoanálisis. 1993. Ediciones Cátedra.
Presentación de la asignatura de Simbolismo en la Facultad de Bellas Artes de la UB, por R. Arola

© Sergio Ferré Balagué, 2011.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Acercamiento al inconsciente: La importancia de los sueños

Extracto de "El hombre y sus símbolos", una obra sobre la psicología analítica desarrollada por C. G. Jung que compila artículos de diversos autores, entre ellos éste del mismo Jung.

El hombre emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea trasmitir. Su lenguaje está lleno de símbolos pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos. Algunas son meras abreviaciones o hilera de iniciales como ONU, UNICEF, o UNESCO; otras son conocidas marcas de fábrica, nombres de medicamentos patentados, emblemas o insignias. Aunque estos carecen de significado en sí mismos, adquieren un significado reconocible mediante el uso común o una intención deliberada. Tales cosas no son símbolos. Son signos y no hacen más que denotar los objetos a los que están vinculados.
Lo que llamamos símbolo es un término, un nombre o aun una pintura que puede ser conocido en la vida diaria aunque posea connotaciones específicas además de su significado corriente y obvio. Representa algo vago, desconocido u oculto para nosotros. Muchos monumentos cretenses, por ejemplo, están marcados con el dibujo de la azuela doble. Este es un objeto que conocemos, pero desconocemos sus proyecciones simbólicas. Como otro ejemplo, tenemos el caso del indio que, después de una visita a Inglaterra, contó a sus amigos, al regresar a su patria, que los ingleses adoraban animales porque había encontrado águilas, leones y toros en las iglesias antiguas. No se daba cuenta (ni se dan cuenta muchos cristianos) de que esos animales son símbolos de los Evangelistas y se derivan de la visión de Ezequiel y que eso, a su vez, tiene cierta analogía con el dios egipcio Horus y sus cuatro hijos. Además, hay objetos, tales como la rueda y la cruz, que son conocidos en todo el mundo y que tienen cierto significado simbólico bajo ciertas condiciones. Precisamente lo que simbolizan sigue siendo asunto de especulaciones de controversia.

Pantocrator dentro del tetramorfos
Así es que una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio. Tiene un aspecto “inconsciente” más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado. Ni se puede esperar definirlo o explicarlo. Cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a ideas que yacen más allá del alcance de la razón. La rueda puede conducir nuestros pensamientos hacia el concepto de un sol “divino”, pero en ese punto, la razón tiene que admitir su incompetencia; el hombre es incapaz de definir un ser “divino”. Cuando, con todas nuestras limitaciones intelectuales, llamamos “divino” a algo, le hemos dado meramente un nombre que puede basarse en un credo pero jamás en una prueba real.

Como hay innumerables cosas más allá del entendimiento humano, usamos constantemente nuestros términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente de los símbolos es solo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el hombre también produce símbolos inconsciente y espontáneamente en forma de sueños.

No es fácil captar este punto. Pero hay que captarlo si queremos saber más acerca de las formas en que trabaja la mente humana. El hombre, como nos damos cuenta si reflexionamos un momento, jamás percibe cosa alguna por entero o la comprende completamente. Puede ver, oír, tocar y gustar; pero hasta dónde va, cuánto oye, qué le dice el tacto y qué saborea dependen del número y calidad de sus sentidos. Estos limitan su percepción del mundo que le rodea. Utilizando instrumentos científicos, puede compensar parcialmente las deficiencias de sus sentidos. Por ejemplo, puede ampliar el alcance de su vista con prismáticos o el de su oído mediante amplificación eléctrica. Pero los más complicados aparatos no pueden hacer más que poner al alcance de sus ojos los objetos distantes o pequeños o hasta hacer audibles los sonidos débiles. No importa qué instrumentos use, en determinado punto alcanza el límite de certeza más allá del cual no puede pasar el conocimiento consciente.

Además, hay aspectos inconscientes de nuestra percepción de la realidad. El primero es el hecho de que, aun cuando nuestros sentidos reaccionan ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad al de la mente. Dentro de la mente, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse (porque la psique no puede conocer su propia sustancia psíquica). Por tanto, cada experiencia contiene un número ilimitado de factores desconocidos, por no mencionar el hecho de que cada objeto concreto es siempre desconocido en ciertos respectos, porque no podemos conocer la naturaleza última de la propia materia.

Después hay ciertos sucesos de los que no nos hemos dado cuenta conscientemente; han permanecido, por así decir, bajo el umbral de la consciencia. Han ocurrido pero han sido absorbidos subliminalmente, sin nuestro conocimiento consciente. Podemos darnos cuenta de tales sucesos solo en un momento de intuición o mediante un proceso de pensamiento profundo que conduce a una posterior comprensión de que tienen que haber ocurrido; y aunque, primeramente, podamos haber desdeñado su importancia emotiva y vital, posteriormente surgen del inconsciente como una especie de reflexión tardía.

Dr. Jeckyll y Mr. Hyde
Podría aparecer, por ejemplo, en forma de sueño. Por regla general, el aspecto inconsciente de cualquier suceso se nos revela en sueños, donde aparece no como un pensamiento racional sino como una imagen simbólica. Como cuestión histórica, fue el estudio de los sueños lo que primeramente facilitó a los psicólogos investigar el aspecto inconsciente de los sucesos de la psique consciente.
Basándose en esa prueba, los psicólogos supusieron la existencia de una psique inconsciente, aunque muchos científicos y filósofos niegan su existencia. Razonan ingenuamente que tal suposición implica la existencia de dos “sujetos” o (expresándolo en frase común) dos personalidades dentro del mismo individuo. Pero eso es precisamente lo que representa con toda exactitud. Y una de las maldiciones del hombre moderno es que mucha gente sufre a causa de esa personalidad dividida. En modo alguno es un síntoma patológico; es un hecho normal que puede ser observado en todo tiempo y en cualquier lugar. No es simplemente el neurótico cuya mano derecha ignora lo que hace la mano izquierda. Este conflicto es un síntoma de una inconsciencia general que es la innegable herencia común de toda la humanidad.

El hombre fue desarrollando la consciencia lenta y laboriosamente, en un proceso que necesitó incontables eras para alcanzar el estado civilizado (que, arbitrariamente, se fecha con la invención de la escritura., hacia el 4.000 a. de J.C.). Y esa evolución está muy lejos de hallarse completa, pues aun hay grandes zonas de la mente humana sumidas en las tinieblas. Lo que llamamos la “psique” no es, en modo alguno, idéntica a nuestra consciencia y su contenido.

Quienquiera que niegue la existencia del inconsciente, supone, de hecho, que nuestro conocimiento actual de la psique es completo. Y esta creencia es, claramente, tan falsa como la suposición de que sabemos todo lo que hay que saber acerca del universo. Nuestra psique es parte de la naturaleza y su enigma es ilimitado. Por tanto, no podemos definir ni la psique ni la naturaleza. Sólo podemos afirmar qué creemos que son y describir, lo mejor que podamos, cómo funcionan. Por lo cual, completamente aparte de las pruebas acumuladas por la investigación médica, hay firmes bases lógicas para rechazar afirmaciones como “No hay inconsciente”. Quienes dicen tales cosas no hacen más que expresar un anticuado “misoneísmo”: miedo a lo nuevo y lo desconocido.

Tarzán de los monos (Van Dyke, 1932)
Hay razones históricas para esa resistencia a la idea de una parte desconocida de la psique humana. La consciencia es una adquisición muy reciente de la naturaleza y aun está en período “experimental”. Es frágil, amenazada por peligros específicos, y fácilmente dañada. Como han señalado los antropólogos, uno de los desórdenes más comunes producidos entre los pueblos primitivos es el que llaman “la pérdida de un alma”, que significa, como la denominación indica, una rotura perceptible (o, más técnicamente, una disociación) de la consciencia. Entre tales pueblos, cuya consciencia está en un nivel de desarrollo distinto al nuestro, el “alma” (o psique) no se considera unitaria. Muchos primitivos suponen que el hombre tiene un “alma selvática” además de la suya propia, y que esa alma selvática está encarnada en un animal salvaje o en un árbol, con el cual el individuo humano tiene cierta clase de identidad psíquica. Esto es lo que el eminente etnólogo francés Lévy-Brühl llamó una “participación mística”. Posteriormente, retiró ese término por presiones de las críticas adversas, pero creo que sus críticos estaban equivocados. Es un hecho psicológico muy conocido que un individuo pueda tener tal identidad inconsciente con alguna otra persona o con un objeto.

Esta identidad toma diversidad de formas entre los primitivos. Si el alma selvática es la de un animal, al propio animal se le considera como una especie de hermano del hombre. Un hombre cuyo hermano sea, por ejemplo, un cocodrilo, se supone que está a salvo cuando nada en un río infestado de cocodrilos. Si el alma selvática es un árbol, se supone que el árbol tiene algo así como una autoridad paternal sobre el individuo concernido. En ambos casos, una ofensa contra el alma selvática se interpreta como una ofensa contra el hombre.

Carl G. Jung (1875-1961)
En algunas tribus se supone que el hombre tiene varias almas; esta creencia expresa el sentimiento de algunos primitivos de que cada uno de ellos consta de varias unidades ligadas pero distintas. Esto significa que la psiquis individual está muy lejos de estar debidamente sintetizada; por lo contrario, amenaza con fragmentarse muy fácilmente con solo los ataques de emociones desenfrenadas.
Mientras esta situación nos es conocida por los estudios de los antropólogos, no es tan ajena, como pudiera parecer, a nuestra propia civilización avanzada. También nosotros podemos llegar a disociarnos y perder nuestra identidad. Podemos estar poseídos y alterados por el mal humor o hacernos irrazonables e incapaces de recordar hechos importantes nuestros o de otros, de tal modo que la gente pregunte: “Pero ¿qué demonios te pasa?” Hablamos acerca de ser capaces de “dominarnos”, pero el autodominio es una virtud rara y notable. Podemos creer que nos dominamos; sin embargo, un amigo fácilmente puede decirnos cosas acerca de nosotros de las cuales no sabemos nada.

Sin duda alguna, aun en lo que llamamos un elevado nivel de civilización, la consciencia humana todavía no ha conseguido un grado conveniente de continuidad. Aun es vulnerable y susceptible la fragmentación. Esta capacidad de aislar parte de nuestra mente es una característica valiosa. Nos permite concentrarnos sobre una cosa en un momento determinado, excluyendo todo lo demás que pueda reclamar nuestra atención. Pero hay un mundo de diferencia entre una decisión consciente de separar y suprimir temporalmente una parte de nuestra psique y una situación en la que esto ocurra espontáneamente sin nuestro conocimiento o consentimiento y aun contra nuestra intención. Lo primero es una hazaña civilizada, lo último una primitiva “pérdida de un alma” o, aun, la causa patológica de una neurosis.

De este modo, incluso en nuestros días, la unidad de consciencia es todavía un asunto dudoso; puede romperse con demasiada facilidad. La capacidad de dominar nuestras emociones, que pueden ser muy deseables desde nuestro punto de vista, sería una consecución discutible desde otro punto de vista porque privaría a las relaciones sociales de variedad, color y calor.

Es ante este fondo donde tenemos que revisar la importancia de los sueños, esas fantasías endebles, evasivas e inciertas. Para explicar mi punto de vista, desearía describir cómo se desarrolló durante un período de años y cómo fui llevado a concluir que los sueños son la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre.

A primera fila vemos a Freud a la izquiera y Jung a la derecha
Sigmund Freud fue el precursor que primero intentó explicar empíricamente el fondo inconsciente de la consciencia. Trabajó con la presuposición general de que los sueños no son algo casual sino que están asociados con pensamientos y problemas conscientes. Esta presuposición, por lo menos, no era arbitraria. Se basaba en la conclusión de eminentes neurólogos (por ejemplo, Pierre Janet) de que los síntomas neuróticos se relacionan con cierta experiencia consciente. Hasta parecen ser zonas escindidas de la mente consciente que, en otra ocasión y bajo circunstancias distintas, pueden ser conscientes.

Antes del comienzo de este siglo, Freud y Josef Breuer habían reconocido que los síntomas neuróticos -histeria, ciertos tipos de dolor, y la conducta anormal- tienen, de hecho, pleno significado simbólico. Son un medio por el cual se expresa el inconsciente, al igual que hace por medio de los sueños que, del mismo modo, son simbólicos. Un paciente, por ejemplo, que se encuentra con una situación intolerable, puede provocar un espasmo siempre que trate de tragar: “No puede tragarlo”. En situaciones análogas de tensión psíquica, otro paciente tiene un ataque de asma: “No puedo respirar el aire de casa”. Un tercero sufre una peculiar parálisis de las piernas: no puede andar, es decir, “ya no puedo andar más”. Un cuarto, que vomita cuando come, “no puede digerir” cierto hecho desagradable. Podría citar muchos ejemplos de esta clase, pero tales reacciones físicas son solo una forma en la que los problemas que nos inquietan pueden expresarse inconscientemente. Con mayor frecuencia, encuentran expresión en nuestros sueños.

"El sueño" (1910) de Rousseau
Todo psicólogo que haya escuchado a numerosas personas contar sus sueños, sabe que los símbolos del sueño tienen mucha mayor variedad que los síntomas físicos de la neurosis. Muchas veces consisten en fantasías elaboradas y pintorescas. Pero si el analista que se enfrenta con ese material onírico emplea la técnica primitiva de Freud de “asociación libre”, encuentra que los sueños pueden reducirse, en definitiva, a ciertos tipos básicos. Esta técnica desempeñó un papel importante en el desarrollo del psicoanálisis porque permitió a Freud utilizar los sueños como punto de partida desde el cual podía explorarse el problema inconsciente del paciente.

Freud hizo la sencilla pero penetrante observación de que si se alienta a al soñante a seguir hablando de las imágenes de sus sueños y los pensamientos que ellas suscitan en su mente, se traicionará y revelará el fondo inconsciente de sus dolencias, tanto en lo que dice como en lo que omite deliberadamente. Sus ideas pueden parecer irracionales y disparatadas pero poco después es relativamente fácil ver qué es lo que está tratando de evitar, qué pensamiento o experiencia desagradable está suprimiendo. No importa cómo trate de enmascararlo, cuanto diga apunta hacia el meollo de su malestar. Un médico ve tantas cosas desde el lado desagradable de la vida que, con frecuencia, se halla lejos de la verdad cuando interpreta las insinuaciones hechas por su paciente como signos de una consciencia turbada. Por desgracia, lo que casualmente descubre confirma sus suposiciones. Hasta aquí, nadie puede decir nada contra la teoría de Freud de la represión y satisfacción de deseos como causas aparentes del simbolismo de los sueños.

Freud concedió particular importancia a los sueños como punto de partida de un proceso de “asociación libre”. Pero algún tiempo después, comencé a pensar que eso era una utilización errónea e inadecuada de las ricas fantasías que el inconsciente produce durante el sueño. En realidad, mis dudas comenzaron cuando un colega me habló de una experiencia tenida durante un largo viaje en tren por Rusia. Aunque no sabía el idioma y, por tanto, no podía descifrar la escritura cirílica, se encontró meditando acerca de las extrañas letras en que estaban escritos los avisos del ferrocarril y se sumió en una divagación en la que imaginó toda clase de significados para ellos.

Una idea le condujo a otra y en su vagar mental halló que su “asociación libre” había removido muchos viejos recuerdos. Entre ellos, le molestó encontrar algunos desagradables y hacía mucho tiempo enterrados, cosas que había deseado olvidar y había olvidado conscientemente. De hecho, había llegado a lo que los psicólogos llamarían sus complejos, es decir, temas emotivos reprimidos que pueden producir constante perturbación psíquica o incluso, en muchos casos, los síntomas de una neurosis.

Este episodio me abrió los ojos al hecho de que no era necesario utilizar un sueño como punto de partida para el proceso de “asociación libre”, si se desea descubrir los complejos de un paciente. Me mostraba que se puede alcanzar el centro directamente desde cualquier punto de la brújula. Se puede comenzar desde las letras cirílicas, desde las meditaciones sobre una bola de cristal, un molino de oraciones o aun desde una conversación casual acerca de algún suceso trivial. El sueño no era ni más ni menos útil a este respecto que cualquier otro posible punto de partida. Sin embargo, los sueños tienen un significado particular aun cuando, a menudo, proceden de un trastorno emotivo en el que los complejos habituales también están envueltos. (Los complejos habituales con los puntos delicados de la psique que reaccionan rápidamente a un estímulo externo o alteración.) Por eso la asociación libre puede conducir desde cualquier sueño a críticos pensamientos secretos.

No obstante, en este punto se me ocurrió que (si hasta ahí estaba en lo cierto) podría deducirse legítimamente que los sueños tienen por sí mismos cierta función especial y más importante. Con mucha frecuencia, los sueños tienen una estructura definida, de evidente propósito, que indica una idea o intención subyacente, aunque, por regla general, lo último no es inmediatamente comprensible. Por tanto, comencé a considerar si se debe conceder más atención a la forma efectiva y contenido de un sueño que a permitir a la asociación “libre” que conduzca por medio de un encadenamiento de ideas a complejos que podrían alcanzarse con la misma facilidad por otros medios.

Este nuevo pensamiento fue un cambio de dirección en el desarrollo de mi psicología. Significó que paulatinamente renuncié a las demás asociaciones que alejaban del texto de un sueño. Preferí concentrarme más bien en las asociaciones del propio sueño, en la creencia de que lo último expresaba algo específico que el inconsciente trataba de decir.

El cambio de mi actitud hacia los sueños acarreaba un cambio de método; la nueva técnica era tal que podría tener en cuenta los diversos y más amplios aspectos de un sueño. Una historia contada por la mente consciente tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no sucede lo mismo en un sueño. Sus dimensiones de tiempo y espacio son totalmente distintas; para entenderlo hay que examinarlo en todos los aspectos, al igual que se puede coger en las manos un objeto desconocido y darle vueltas y más vueltas hasta que se conocen todos los detalles de su forma.

Quizá ya haya dicho lo suficiente para mostrar cómo se fue acrecentando mi desacuerdo con la “asociación libre” tal como lo empleó Freud al principio: yo deseaba mantenerme lo más cerca posible del sueño mismo y excluir todas las ideas que no hicieran al caso y las asociaciones que pudiera evocar. En verdad, eso podía conducir hacia los complejos de un paciente, pero yo tenía en mi pensamiento una finalidad de mayor alcance que el descubrimiento de los complejos productores de las alteraciones neuróticas. Hay otros muchos medios con los cuales pueden ser identificados: los psicólogos, por ejemplo, pueden captar todas las alusiones que necesiten utilizando los tests de asociación de palabras (preguntando al paciente qué asocia a una serie dada de palabras y estudiando luego las respuestas). Pero para conocer y comprender el proceso vital psíquico de toda la personalidad de un individuo es importante darse cuenta de que sus sueños y sus imágenes simbólicas tienen un papel mucho más importante que desempeñar.

"La llave" pintura de Enrique Grau
Casi todo el mundo sabe, por ejemplo, que hay una inmensa variedad de imágenes con los que se puede simbolizar el acto sexual (o, podríamos decir, representarse en forma de alegoría). Cada una de esas imágenes puede conducir, por un proceso de asociación, a la idea de relación sexual y a complejos específicos que cualquier individuo pudiera tener acerca de sus propios actos sexuales. Pero también pudiera desenterrar tales complejos con un soñar despierto ante un conjunto de indescifrables letras rusas. Por tanto, llegué a la suposición de que un sueño contiene cierto mensaje distinto de la alegoría sexual, y que eso es así por razones definidas. Para aclarar este punto:
Un hombre puede soñar que introduce una llave en una cerradura, que empuña un pesado bastón, o que echa abajo una puerta con un ariete. Cada una de esas cosas puede considerarse una alegoría sexual. Pero el hecho de que su inconsciente haya elegido, con ese fin, una de esas imágenes específicas -sea la llave, el bastón o el ariete- es también de la mayor importancia. La verdadera tarea es comprender por qué se ha preferido la llave al bastón o el bastón al ariete. Y, a veces, esto pudiera conducir al descubrimiento de que no es, en definitiva, el acto sexual el que está representado sino otro punto psicológico totalmente distinto.

A partir de este razonamiento, llegué a la conclusión de que, para interpretar un sueño, solo debería utilizarse el material que forma parte clara y visible de él. El sueño tiene su propia limitación. Su misma forma específica nos dice qué le pertenece y qué nos aleja de él. Mientras la asociación “libre” nos engaña alejándonos de ese material en una especie de línea en zigzag, el método que desarrollé es más semejante a una circunvalación cuyo centro es la descripción del sueño. Trabajo en torno a la descripción del sueño y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él. Una y otra vez, en mi labor profesional, he tenido que repetir las palabras: “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”.

Por ejemplo: un paciente mío soñó con una mujer vulgar, borracha y desgreñada. En el sueño, parecía que esa mujer era su esposa aunque, en la realidad, su esposa era totalmente distinta. Por tanto, en lo externo, el sueño era asombrosamente incierto y el paciente lo rechazó al pronto como una tontería soñada. Si yo, como médico suyo, le hubiera dejado iniciar un proceso de asociación, inevitablemente él habría intentado alejarse lo más posible de la desagradable sugestión de su sueño. En tal caso, él hubiera desembocado en uno de sus complejos principales -posiblemente, un complejo que nada tuviera que ver con su esposa- y yo no habría sabido nada acerca del significado especial de ese sueño peculiar.

Entonces, ¿qué trataba de transcribir su inconsciente por medio de una afirmación de falsedad tan obvia? Con toda claridad expresaba de algún modo la idea de una mujer degenerada que estaba íntimamente relacionada con la vida del soñante; pero puesto que la proyección de esa imagen sobre su esposa era injustificada y falsa en la realidad, tuve que buscar en otra parte antes de encontrar lo que representaba esa imagen repulsiva.

Conjunción masculino y femenino
En la Edad Media, mucho antes de que los fisiólogos demostraran que, a causa de nuestra estructura glandular hay, a la vez, elementos masculinos y femeninos en todos nosotros, se decía que “cada hombre lleva una mujer dentro de sí”. Este elemento femenino de todo macho es lo que he llamado el “ánima”. Este aspecto “femenino” es esencialmente cierta clase inferior de relacionamiento con el contorno y, particularmente con las mujeres, que se guarda cuidadosamente oculto a los demás así como a uno mismo. Es decir, aunque la personalidad visible de un individuo pueda parecer completamente normal, también puede estar ocultando a los demás -o aun a sí mismo- la situación deplorable de “la mujer de dentro”.

Ese era el caso de mi peculiar paciente: su lado femenino no era agradable. De hecho, su sueño le decía: “En cierto modo, te estás portando como una mujer degenerada”, y eso le produjo una conmoción conveniente. (Por supuesto, un ejemplo de esta clase no puede tomarse como prueba de que el inconsciente se ocupa de dar “órdenes morales”. El sueño no le decía al paciente que se “portara mejor”, sino que trataba, simplemente, de equilibrar la naturaleza desnivelada de su mente consciente, la cual mantenía la ficción de que él era todo un perfecto caballero.)

Es fácil comprender por qué los soñantes tienden a ignorar, e incluso negar, el mensaje de sus sueños. La conciencia se resiste a todo lo inconsciente y desconocido. Ya señalé la existencia entre los pueblos primitivos de los que los antropólogos llaman “misoneísmo”, un miedo profundo y supersticioso a la novedad. Los primitivos manifiestan todas las reacciones del animal salvaje contra los sucesos funestos. Pero el hombre “civilizado” reacciona en una forma muy parecida ante las ideas nuevas, levantando barreras psicológicas para protegerse de la conmoción que le produce enfrentarse con algo nuevo. Esto puede observarse fácilmente en toda reacción individual ante sus propios sueños cuando le obligan a admitir un pensamiento sorprendente. Muchos precursores en filosofía, ciencia, e incluso en literatura, fueron víctimas del innato conservadurismo de sus contemporáneos. La psicología es una de las ciencias más jóvenes; como intenta ocuparse de la labor del inconsciente, se ha encontrado inevitablemente con un misoneísmo extremado.