jueves, 27 de octubre de 2011

Ruptura con papá. Adiós al sufrimiento del amor idealizado.

Un testimonio de Sergi Ferré Balagué sobre las consecuencias del abandono y maltratos en la infancia. Se recomienda leer previamente el artículo "Cómo salir de la trampa" de Alice Miller.

El falso brillo de la auto-imagen/ego (1)

Cuántos días baldíos
haciéndome pasar por el que soy.
Máscara sin memoria, líbrame
de parecerme a aquel que me suplanta.
Uno solo será mi semejante.
(José Manuel Caballero Bonald)

Disfraz, persona unitiva.
(Lezama Lima)



Hola papa.
¿Dónde estabas cuando te necesitaba desesperadamente? El hecho de que nunca me miraras, ni tan sólo cuando era un bebé, me ha roto el corazón, me ha partido la vida y me ha abocado a relaciones sentimentales que me han hecho agonizar de dolor.

Me abandonaste en las manos de tu esposa neurótica que me utilizaba para chantajearte y descargaba en mí toda su frustración. Mientras, tú mirabas hacia otro lado, buscabas huir, escaquearte del cuadro familiar y entre otras cosas de mí. ¿Por qué me tuviste entonces? Si supieras las veces que he deseado no haber nacido, que incluso he cerrado los ojos esperando desaparecer.

Hace unos años grabé el vídeo de un tema(2) que compuse donde el estribillo de la canción pregunta: "¿Quién soy yo como para parecerme a nada ni a nadie? ¡¡Quién podría ser!!". Esta frase, de extraña composición, me hacía sentir muy desamparado, porque yo hubiera querido meterme en la piel del hijo que te hiciera sentir orgulloso, pero mi naturaleza era otra y no tenía ningún derecho a traicionar mi personalidad que justo entonces se estaba formando.


O sea, quién soy yo, como auto-imagen, para interpretar un papel que no me corresponde, con el que pretendo gustar al otro, o sea a ti, pasando por encima de quien soy en verdad y mostrándome como "quién debería ser". Esa imagen desesperadamente sexual con la que me muestro, reclamando tu atención, como queriendo decir: "yo sí voy a triunfar donde mi madre fracasó, yo sí me someteré a tus deseos y seré todo lo puta que quieras, así conseguiré que te quedes en casa conmigo". Durante muchos años me he sentido culpable de alejarte con mis excentricidades, mis fantasías y deseos, de no ser apropiado para ti. Hoy por fin soy consciente de que no soy la razón ni el culpable de tu distanciamiento.

Rehusabas de mí porque me considerabas el hijo de tu esposa y siempre las mujeres de tu vida han sido arpías, así que de alguna manera me habías aborrecido porque me creías "contaminado" de esa feminidad castradora.

Curiosamente los cuidados que yo esperaba de ti los abocaste en tus perros de caza, que en cierta manera los consideras más propios que a tus hijos. La caza era la afición que te permitía escapar de casa (de mi madre, de mí...) y siempre fuente de acaloradas discusiones. Por eso para el final del vídeo me desnudé y entré a la jaula con tus animales. Me preguntaba como reaccionarías si un día, cuando fueras a limpiarles las jaulas y prepararles la cena, a cuidarlos cómo nunca hiciste conmigo, me encontraras allá dentro, y si entonces me pasarías la mano por la nuca y por fin me considerarías tuyo.

Pero ahora creo que tampoco tus perros tienen tanta suerte, porque tal como haces siempre con los seres que dependen de ti, cuando dejan de serte útiles pierden todo valor ante tus ojos. Nunca has tenido a un animal por compañía, únicamente lo has mantenido en la medida que te han hecho sentir orgulloso pues conseguías así obtener muchas presas (trofeos), eras muy hombre. En este sentido siempre tuviste una evidente preferencia hacia los avispados de mis primos o vecinos, que sí tenían intereses normales (los tuyas), pero nunca hacia ese niño blando, tímido, sumergido en sus libros, siempre pensativo, al que le hubiera gustado resucitar a los pajaritos que traías colgando de la cintura para hacerse su amigo. Ahora siento tremendos celos y mucha rivalidad hacia todos los "niños de papá" con los que me acabo liando, inconscientemente compito con ellos, para ver si así te demuestro de una vez por todas que soy tan bueno o incluso mejor que ellos. Pero nunca lo consigo, pues la idea de como "debería ser" ya representa una falta de respeto hacia la verdad de "quien soy". Así que el descrédito es mi compañero fiel en esta ruleta de la fortuna en la que hoy soy lo más y mañana una mierda, y lo único constante es la ansiedad que sólo consigo aplacar con medicación.

"La flor de mi secreto"(3), sobre la dependencia emocional.
Padre, te he estado buscando incansablemente de cama en cama, de hombre en hombre, a través de personas emocionalmente inaccesibles que no han sabido comprenderme ni quererme, que ni tanto sólo me han llegado a conocer nunca. Hombres a los cuales me he ofrecido como una buena presa, alguien atractivo y abnegado que poder lucir ante la familia y los amigos. Pero finalmente, sin excepción, me he encontrado siempre con el mito del rechazo, del abandono, y he rabiado, rabiado de dolor por chicos que no se lo merecían, pero que me servían de puente para conectar de nuevo con el gran desamor de mi vida: Tú.

¿Cómo digiero que la persona que más me hubiera tenido que querer y proteger renegó de mí y me abandonó? ¿Cómo me lo como? ¿Cómo rehago ahora mi confianza en el amor?

Creo que para empezar, aunque duela, tengo que poder ser sincero conmigo mismo y reconocer lo que durante tanto tiempo he querido esconder bajo la mentira del falso consuelo, lo que me permitió subsistir mientras dependía de ti, que es idealizar, amar a lo que hubiera podido ser en vez de lo que en realidad es: Papa, tú no me quieres, pero lo que más daño me hace es que yo tampoco te quiero a ti. No te quiero. A pesar de esto sólo los dioses saben lo que he llegado a hacer para que esto no fuera así, que incluso he vendido mi cuerpo y mis sentimientos a cambio de promesas yermas.

Me hubiera gustado tanto quererte padre... Pero si no condeno ahora tu negligencia, para serte fiel la espiral de maltratos sería eterna en mi vida y mi corazón está ya demasiado apedazado como para soportar un desgarramiento más.

Aquí termina lo nuestro. Hoy soy yo quien te dice No. Quiero empezar a vivir.

Notas:

Abandonando la casa de los padres
(1) El héroe del tarot es el hijo-suma de sus progenitores, pues 3 (La Emperatriz) más 4 (El Emperador) es igual a 7 (El Carro), aunque especialmente se refiere a la realización de los sueños paternos.
He hecho una asociación de esta carta en su posición invertida con la del héroe caído, con un brillo (el de sus máscaras y coraza) que se presume incuestionable, sin ser consciente de que cualquier postura que uno tome en la vida supone responsabilizarse de las implicaciones emocionales que lo sitúan de esta manera y no de otra, y que siempre van a mostrar la otra cara de la moneda (Lo cual se muestra en la siguiente carta, La Justicia, la número 8).

"(...) cuando una demostración de firmeza significa lo opuesto de ser firme internamente. La auto-imagen/ego es un yo falso creado por uno mismo debido a un falso coraje y a una actitud defensiva. Este yo ve el mundo de una forma limitada, orientada a sí mismo y frecuentemente preocupado de cómo lo perciben los demás (...) se refiere a urdir (de manera deshonesta) soluciones para hacer frente a los problemas" (Guía del I Ching, Carol K. Anthony, 1997).

Durante la infancia, a diferencia de otros animales, los humanos estamos muy indefensos al entorno y necesitamos no sólo que se nos quiera y proteja sino también que se respete nuestra integridad psíquica y emocional. Por desgracia es muy frecuente los abusos por parte de los padres o tutores (que posiblemente también fueron maltratados de pequeños) durante este período, en el que el niño manifiesta una dependencia total. Así pues como técnica de supervivencia el infante optará por reprimir sus sentimientos en favor de una imagen construida sobre lo feliz que transcurrió su infancia y lo amorosos que fueron sus padres. La auténtica historia queda encubierta entonces tras un brillo que ciega la dolorosa y humillante realidad que de esta manera permanece a oscuras. Aún así nuestro cuerpo sabe la verdad y es posible que desarrollemos síntomas como dependencia emocional o otras enfermedades que nos sirven de hilo de Ariadna hasta encontrar la salida del laberinto, ya que lo que en la infancia no tuvimos más remedio que aceptar, en la etapa adulta sí disponemos de opciones y es el momento de poder afrontarlo. Aún así la fidelidad a la imagen de unos padres amantes es a veces tan sagrada que llegamos incluso a negar la verdad de manera patológica hasta el extremo de la esquizofrenia.

"Si la hija maltratada ingresa esquizofrénica en una clínica y el psiquiatra la atiborra de medicamentos para que sepa todavía menos que hasta entonces, esa mujer jamás llegará a saber que fue básicamente el comportamiento de su padre lo que la llevó a la locura. Pues para salvar la imagen del padre, para poder ver algo bueno en su infancia, debe ignorar la verdad. Antes que eso, prefiere "perder" la razón." (El saber proscrito, Alice Miller, 1988)

(2) Para el lector, te puedes descargar gratuitamente la versión melódica de "¿Quién soy?" siguiendo este enlace al blog de mi grupo y haciendo clic donde te permite bajarte el disco, al final de la entrada.

(3) "La flor de mi secreto" es una película española escrita y dirigida por Pedro Almodóvar en 1995.

© Sergi Ferré, 2011.

lunes, 24 de octubre de 2011

Maltrato en la infancia: La trampa emocional

Transcripción del capítulo "Cómo salir de la trampa" del libro "El saber proscrito" (1988) de Alice Miller. Visita a través de este enlace un testimonio sobre maltratos.

Joven mendigo (1650) pintura óleo de Murillo
Repetidamente leemos en la prensa que, como demuestran ya las estadísticas, la mayoría de personas que maltratan a sus hijos fueron también maltratadas durante su propia infancia. Esa información no es del todo exacta, pues no se trata de "la mayoría", sino de todas. Toda persona que maltrata a sus hijos fue, durante su propia infancia, gravemente traumatizada de algún modo. Esta afirmación no admite excepciones, porque es absolutamente imposible que una persona que haya crecido en un ambiente de sinceridad, respeto y afecto se halle jamás bajo el impulso de atormentar y dañar para toda la vida a otras más débiles. Ha visto desde siempre que es correcto brindar amparo y orientación a esos pequeños seres indefensos, y ese saber tempranamente archivado en su cuerpo y en su cerebro obrará sus efectos en él durante toda la vida. La afirmación formulada más arriba no admite excepciones, pese a que muchas personas apenas si son capaces de recordar nada de los tormentos de su infancia, porque aprendieron a considerarlos como justo castigo a su maldad, y porque el niño, para sobrevivir, está obligado a reprimir los sucesos dolorosos. Por eso los sociólogos, psicólogos y otros especialistas escriben sin cesar, a pesar de los nuevos descubrimientos, que se desconoce el origen de los malos tratos a la infancia, y se entregan a especulaciones acerca de la influencia de la escasez de espacio habitable, del desempleo o del miedo a la guerra nuclear.

Con semejantes explicaciones encubrimos los crímenes de nuestros padres. Pues el único motivo de los malos tratos a la infancia es la represión por parte de los padres de los malos tratos y de la confusión de los que ellos mismos fueron víctimas. Ni la más aguda escasez de espacio habitable, ni la mayor pobreza pueden jamás forzar a una persona a semejantes actos. Sólo quien fue en su día víctima de actos semejantes y los mantiene reprimidos corre el peligro de destruir a su vez vidas humanas.

"Queridísima mamá" (F. Perry, 1981) sobre maltratos a niños
Los llamados niños difíciles e "insoportables" son convertidos en tales por los adultos. No siempre por sus propios padres. Pues en muchas clínicas, las prácticas de obstetricia y de posparto contribuyen considerablemente a ello. Hay padres que consiguen mitigar esos traumas gracias a buenas dosis de cariñosa dedicación, porque los toman en serio y no niegan su peligrosidad. Pero los padres que mantienen reprimidos sus propios -y gravísimos- traumas, suelen minimizar, por pura ignorancia, el efecto de éstos en sus hijos, dando paso así, innecesariamente, a una nueva cadena de crueldades. Su insensibilidad hacia los sufrimientos del niño cuenta con el pleno respaldo de la sociedad, porque la mayoría de las personas, y eso incluye a los expertos, comparte con ellos esa ceguera.

El único recurso contra la propagación de una enfermedad es una información correcta y bien documentada acerca del agente patógeno. Los padres que maltratan a sus hijos necesitan informaciones claras; ellos mismos se dan cuenta vagamente de que algo no funciona bien cuando descargan su ira en el niño indefenso o lo utilizan para satisfacer sus apetencias sexuales. En vez de tomarse este asunto en serio, los expertos le dan vueltas innecesariamente, pues temen que los padres adquieran sentimientos de culpabilidad, algo que, en su errónea opinión, no debe suceder en ningún caso.

Esa creencia de que no debe culpabilizarse a los padres, sea lo que sea lo que hayan hecho, ha tenido consecuencias desastrosas. La realidad es muy distinta. Al engendrar a su hijo, los padres contraen el deber de cuidar de él, protegerlo, satisfacer sus necesidades y no maltratarlo. Si no cumplen con ese deber, quedan en deuda con el niño, del mismo modo que quedan en deuda con el banco al obtener un crédito de éste. La responsabilidad cae sobre sus espaldas, independientemente de que sean conscientes o no de las consecuencias de sus actos.

"Marianela" de B. Pérez Galdós
¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber? El niño no es un juguete, ni un gatito, sino un puñado de necesidades que necesita mucha dedicación para poder desarrollar sus potencialidades. Si no se está dispuesto a brindarle esa dedicación, no hay que traerlo al mundo. Esas palabras pueden sonar muy duras en los oídos de personas que jamás fueron objeto de esa dedicación y que por ello nunca han podido brindársela a sus hijos. Para aquellos que en su infancia recibieron protección y ternura, y que por ello no son niños desdichados, esas palabras no suenan duras. para ellos, son la cosa más evidente y trivial del mundo.

Pegar o humillar a un niño o abusar sexualmente de él es un crimen, porque significa dañar a una persona para toda la vida. Es importante que esta afirmación llegue también a conocimiento de personas no directamente implicadas, porque la claridad de ideas y el coraje de los testigos puede ser para el niño de una importancia decisiva y vital. Del hecho de que todo agresor haya sido anteriormente una víctima no se desprende que toda personas que haya sido maltratada tenga que acabar necesariamente maltratando a sus hijos. No tiene por qué ser obligatoriamente así, pues puede ser que ese individuo, en su infancia, tuviera ocasión de recibir de otra persona -aunque sólo fuera una vez- algo que no fuera educación y crueldad: un maestro, una tía, una vecina, una hermana, un hermano. Sólo la experiencia de ser querido y apreciado permite al niño identificar la crueldad como tal, percibirla y rebelarse contra ella. Sin esa experiencia le es imposible saber que en el mundo pueden existir otras cosas además de crueldad; sin esa experiencia, seguirá sometiéndose a la crueldad, y más tarde, cuando, ya de adulto, disfrute de poder, la ejercerá él también, como si fuera algo completamente normal.

Hitler dijo que, de niño, era azotado por su padre
Las personas que ayudaron a Hitler a llevar a cabo sus proyectos y a exterminar pueblos enteros debieron de experimientar, siendo niños, algo similar a lo que experimentó él: la constante presencia de la violencia. Por eso la actitud del Führer les parecía completamente natural. No la cuestionaban en absoluto porque, a todas luces, en sus infancias jamás apareció una sola persona, un solo testigo iniciado y de ideas claras que los pusiera bajo su protección. Un testigo semejante habría, según las circunstancias, ayudado a esos niños a salvar su capacidad de percepción y su carácter. Para reconocer la crueldad, rechazarla inequívocamente y evitársela a nuestros hijos, debemos ser al menos capaces de percibirla. Esos niños educados con severidad y crueldad no podían hacerlo, estaban obligados a dar las gracias por el trato que recibían de sus padres, a perdonárselo todo y a buscar en sí mismos las causas de los arrebatos paternos. No les estaba permitido en ningún caso poner en tela de juicio a sus padres.

¿Qué sucede cuando un niño que ha crecido rodeado de amor, protección y sinceridad es golpeado por una persona? Gritará, expresará su ira, y acabará llorando, mostrando su dolor y, posiblemente, preguntando: ¿Por qué me tratas así? Nada de todo eso es posible cuando el golpeado es un niño al que sus padres, a los que ama, han adiestrado desde buen principio en la obediencia. para sobrevivir no le queda más remedio que amordazar su dolor y su ira y reprimir mentalmente toda la situación. Pues para poder mostrar su ira, necesita la confianza y la experiencia de que no lo matarán por ello. Un niño golpeado no puede abandonarse a esa confianza; en efecto, ha habido niños que han pagado con su vida la osadía de sublevarse contra la injusticia. Así pues, el niño ha de amordazar su ira para poder sobrevivir en un ambiente hostil. También ha de tragarse el dolor, por enorme e insoportable que sea, si no quiere morir a consecuencia de él. Sobre todo el proceso, pues, se cierne el silencio del olvido, y se idealiza a los padres, hasta el punto de creer que jamás han cometido un error. "Y si me pegaban, sería porque me lo merecía". Esta es la versión más corriente de las torturas dejadas atrás(1).

El olvido y la represión serían una buena solución, si con eso estuviera todo arreglado. Pero los dolores reprimidos bloquean la vida sentimental y producen síntomas físicos.Y lo peor de todo: el adulto que fue un niño maltratado hace enmudecer los sentimientos que estarían justificados, es decir lo dirigidos contra los causantes de su dolor, pero los deja aflorar contra sus propios hijos. Es como si esas personas se pasasen decenas de años atrapados en una trampa de la que no hay salida posible, porque nuestra sociedad prohíbe la ira que se dirige contra los propios padres. Pero con el nacimiento de los hijos se abre una portezuela: por fin puede descargarse sin escrúpulos la rabia acumulada durante años; lo triste es que la víctima es un pequeño ser indefenso, al que esas personas se ven forzadas a atormentar, a menudo sin darse cuenta de ello, porque una fuerza desconocida les impulsa a tales actos.

Cristo sacrificado pro su propio padre en la cruz
El hecho de que muchos padres maltraten o descuiden a sus hijos del mismo modo en que sus padres lo hicieron con ellos -aunque, o especialmente cuando no recuerdan nada en absoluto de aquella época- demuestra que han asimilado en sus cuerpos sus traumas personales. Si no fuera así, no podrían reproducirlos. Lo hacen con una precisión asombrosa, que saldrá a la luz tan pronto como estén dispuestos a sentir su propio desamparo, en lugar de hacer víctimas de él a sus hijos y abusar de su poder.

¿Cómo puede una madre hallar por sí sola esa verdad, si la sociedad le dice de manera inequívoca: a los niños hay que disciplinarlos, socializarlos y educarlos para que sean personas decentes? ¿A quién le preocupa que el verdadero impulso del llamado "coraje educativo" sea la antigua y hasta ahora nunca vivida rabia contra la propia madre? Esa joven tampoco quiere saberlo. Piensa así: Tengo el deber de disciplinar a mi hijo, y lo hago de exactamente la misma o de parecida manera que lo hizo mi madre conmigo. Al fin y al cabo, ¿acaso no he llegado a ser yo también una persona como Dios manda? Concluí mi formación con buenas calificaciones, participo en tareas caritativas y en el movimiento pacifista, siempre me he alzado contra la injusticia. Sólo que no he podido evitar pegar a mis niños, aunque contra mi voluntad; pero no tenía más remedio. Espero que eso no les haya perjudicado, igual que a mí no me perjudicó.

Estamos tan acostumbrados a oír afirmaciones semejantes que a la mayoría de las personas no les llaman la atención. Pero empieza a haber personas aisladas a las que sí les llaman la atención, personas que se han decidido a cuestionar las palabras de los adultos desde la perspectiva de los niños, que al hacerlo descubren cosas y que no temen la claridad. Advierten que esa destrucción de vidas humanas no puede calificarse de "amor paternal ambivalente", sino que hay que reconocerla como lo que es: un crimen. No hay que quitarles hierro a los sentimientos de culpabilidad de los padres, sino tomarlos muy en serio. Esos sentimientos de culpabilidad son un indicio de que a los padres, en su día, les sucedió algo, y de que necesitan ayuda. Y los padres irán en busca de esa ayuda tan pronto como la hasta ahora única salida a la trampa, la que lamentablemente conduce a infligir malos tratos a la infancia, quede por fin cerrada por la ley. Cuando eso suceda, los padres tendrán que buscar otra salida: tendrán que pasar revista a su pasado, para poder salir sin culpa de la trampa emocional en la que se hallan.

Alice Miller (1923-2010) psicóloga (2)
Este proceso verdaderamente liberador sólo estará al alcance de los padres cuando el niño deje de hacer el papel de cabeza de turco legal. No es necesario castigar con penas de cárcel a un padre que maltrata a sus hijos. Resulta imaginable, por ejemplo, una sentencia judicial según la cual el padre haya de separase por unos meses de la familia, sin dejar de contribuir a su mantenimiento. Cuando el padre, hallándose de repente solo, se vea confrontado con los sentimientos de su infancia y entre en contacto con un testigo iniciado (quizás en la persona de un asistente social bien informado), que le ayude a dejar de reprimir la historia de su propia infancia, ese padre, a su regreso, correrá muy escaso peligro de volver a maltratar a sus hijos. Y sus hijos tendrán la importante e inolvidable vivencia de no estar haciéndose mayores en la selva, sino en una sociedad humana, que toma en serio y respeta su derecho a ser protegidos.

Una pena de prisión no puede operar una transformación interior. Pero los terapeutas que, bajo el lema "Ayudar en lugar de castigar", rehuyen la verdad, tampoco pueden contribuir en absoluto a cambiar la actitud de los padres. Llegan incluso a afirmar que una prohibición de los malos tratos a la infancia constituiría una nueva forma de violencia. Así, según ellos, no es necesario llamar por su nombre a los crímenes, siempre que se cometan en la persona de los propios hijos; de lo contrario, los padres se sentirían ofendidos y acabarían vengándose a costa de los niños. Esa es la opinión, prácticamente unánime, de los representantes del Colegio de Médicos y de la Asociación para la Protección de la Infancia.

Sin Embargo, están en un error, y sus argumentos no son más que expresión del miedo de los niños amenazados que fueron, deseosos de "estar a bien" con los padres y por ello dispuestos a callar y a no darse cuenta de nada. La realidad no les da la razón. En los países escandinavos, la ley obliga ya de manera firme a los médicos a denunciar los casos de malos tratos de los que tengan conocimiento, y gracias a esa ley la población ha comprendido que no se pueden pasar por alto los derechos de los niños. Por otra parte, la experiencia me ha enseñado que algunos padres reaccionan mejor a la verdad que a los intentos de suavizarla, y que una serie de informaciones correctas puede serles de provecho. Pues toda persona que se halla en una trampa busca una salida. Y estará contenta y agradecida de que se le muestre una salida que no le haga cargarse de culpa y no conduzca a la destrucción de sus propios hijos. Los padres, en la mayoría de los casos, no son unos monstruos a los que haya que aplacar con buenas palabras para que no chillen, sino, muy a menudo, niños desesperados que todavía no han aprendido a darse cuenta de las realidades y a hacerse cargo de su responsabilidad. Cuando eran pequeños no pudieron aprenderlo, porque sus padres tampoco conocían esa responsabilidad. La malentendían, tomándola por un derecho a abusar de su poder. Está en manos de los padres jóvenes el reconocer la inutilidad de tales "sabidurías", y el aprender de las experiencias que tienen con sus hijos. Pero ese novedoso proceso sólo podrá tener lugar cuando también la legislación reconozca inequívocamente que los malos tratos a la infancia causan daños para toda la vida, y que esos daños no se ven en absoluto lenificados por la ignorancia de los agresores. Sólo sacando a la luz toda la verdad en lo que afecta a todos los implicados se podrá hallar una solución verdaderamente efectiva de los peligros que implican los malos tratos a la infancia.

En el libro Untertan Kind de Carl-Heinz Mallet, muestra cómo los pedagogos, desde Martín Lutero, han inducido a los padres a disciplinar y castigar a sus hijos en nombre de Dios. La lectura de ese libro puede ayudar a los padres de hoy a comprender por qué se hallan en una trampa emocional, y el precio que han de pagar ellos mismos y sus hijos por la perpetuación de los valores educativos tradicionales. La consecuencia puede parecer paradójica, pero es correcta: la salida de esa trampa hasta ahora permitida por la ley, es decir, el disciplinamiento del niño, conduce al crimen, y el camino, hasta ahora prohibido, de la visión clara y la crítica a los propios padres redime de las culpas y conduce a la salvación de nuestros hijos. El libro de Mallet puede ser de gran ayuda para los padres que no conocen mis libros, y que constatarán en él por primera vez, con horror, todo el mal que se les hizo y que ellos, en su ceguera, habían venido perpetuando. Pero con ese horror empieza ya a abrirse la puerta por la que se sale de la compulsiva destrucción de la vida a la libertad y a la responsabilidad.

Notas:

(1) El lector puede leer un testimonio sobre maltratos en la infancia siguiendo este enlace, planteado gracias a la visión de Alice Miller.

(2) "Durante estos últimos años, Alice Miller ha desarrollado un concepto de terapia, que propone a las personas que sufren, confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño maltratado que fueron, sentirla y así liberarse. Es el miedo infantil hacia los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la crueldad de sus propios padres (...)". Extraído de un artículo en ocasión del fallecimiento de la autora. Para leer el artículo completo seguir este enlace.